La oposición marca la agenda política

Es evidente que, cuando está por cumplirse un año de la derrota oficialista del 28 de junio, la oposición no le ha ofrecido a su electorado lo que tal vez él pretendía de ella: un conjunto de leyes capaces de revertir las deformaciones más inquietantes de la vida pública bajo el imperio de los Kirchner. Es posible que esa falla no se deba sólo al déficit en las prestaciones de los opositores, sino al superávit en las expectativas de sus simpatizantes. El Poder Ejecutivo se enfrenta a un mosaico demasiado fragmentado de competidores y, además, está dotado de atribuciones capaces de neutralizar al Congreso.
A pesar de esas restricciones, es la oposición la que domina hoy la agenda política del país. Ayer, en la Cámara de Diputados, hubo un ejemplo de ese predominio: las declaraciones del embajador Eduardo Sadous ante la Comisión de Relaciones Exteriores terminaron de poner bajo proceso las relaciones con Venezuela, que son el principal frente diplomático del kirchnerismo.
Como cabía esperar, Sadous no agregó una coma a lo que había declarado en la Justicia. Sin embargo, expuestas en un contexto parlamentario, sus denuncias adquirieron otra vibración. A partir de ayer, el Gobierno ya no tendrá que acotar las confesiones de un diplomático enviado a rezago, sino que deberá impedir la formación de una comisión investigadora sobre el vínculo bolivariano y de otra sobre todo el negocio de la obra pública desde que Néstor Kirchner llegó al poder. La oposición ha resuelto poner en el banquillo a Julio De Vido, es decir, sitiar al kirchnerismo en su corazón.
Sadous hizo declaraciones graves en la reunión secreta de ayer. Ratificó haber escuchado a empresarios argentinos decir que para vender mercaderías al Estado venezolano a través del fideicomiso de los combustibles "había que pagar entre 15 y 20%". Describió cómo funcionaban las empresas intermediarias y aclaró que su existencia "es superflua cuando existe una representación diplomática". Dijo que de los viajes de Claudio Uberti y de sus reuniones con funcionarios del chavismo, sobre todo de Pdvsa, se enteraba por Victoria Bereziuk. Que cuando De Vido estaba en Caracas, lo recibía sólo al concluir la visita, sin ponerlo al tanto de sus movimientos. Que José María Olasagasti, el secretario de De Vido, era otro de los que "se movían con soltura" con el chavismo. Sadous comentó que casi todos los viajes se hacían en aviones privados o vuelos a cargo de Pdvsa. El embajador dio detalles del cable en el que denunció ante la Cancillería las irregularidades con los fondos del fideicomiso: allí avisaba que se habían sacado recursos de la cuenta de Nueva York para liquidarlos en el mercado paralelo de cambios venezolano. Contó que, después de ese informe, Uberti llamó a Alberto Alvarez Tufillo -agregado comercial de la embajada y contacto principal de los viajeros- y le dijo: "Decile a Sadous que se deje de joder, que ese asunto lo manejamos nosotros". El embajador dijo que nunca pudo reunirse con Rafael Bielsa -quien para esa época pidió ser relevado de las relaciones con el país caribeño- y que a Taiana lo vio para consultarle si era verdad que sería reemplazado por Nilda Garré, como había informado el diario Página 12 después de que él envió el cable. Taiana lo tranquilizó, para que se cumplieran los hechos.
Hasta ayer, la existencia de una diplomacia paralela anidaba -según Héctor Timerman- nada más que "en la cabeza de algunos periodistas". Pero ahora también se aloja en la de un ex embajador en Venezuela y en la de casi todos los diputados de la oposición. Lo de "casi" se debe a que el vínculo con el chavismo ha provocado contradicciones entre los adversarios del Gobierno. Fernando "Pino" Solanas no desea que una investigación sobre corrupción comprometa la amistad bolivariana. Con esa restricción, el diputado aporta un motivo a quienes sostienen que izquierda y populismo no son lo mismo. Todavía no se sabe si Solanas se sumará al oficialismo, o si, absteniéndose, habilitará la creación de la comisión.
La intriga de los negocios con el chavismo encabeza un plan de acoso que el Gobierno deberá resistir en el Congreso. Anteayer Eduardo Fellner y Agustín Rossi recibieron un ultimátum para sacar del letargo a tres comisiones presididas por el kirchnerismo. Son: Peticiones, Poderes y Reglamentos, donde se decide la creación de comités de investigación, entre ellos el de obras públicas; Comercio, que estudia el Indec, y Comunicaciones, donde se analizará el destino de la publicidad oficial. Ese tríptico constituye, acaso, la clave de bóveda del oficialismo actual. Se entiende, entonces, la reticencia.
En los próximos 60 días, los Kirchner tendrán que hacer frente a otras dos materias traumáticas. Hoy podría tener dictamen de mayoría la reforma de la Oficina Nacional de Control Comercial Agropecuario (Oncca), agitada por un escándalo de corrupción similar al de Venezuela; y antes del 24 de agosto el Congreso podría recuperar la facultad de fijar retenciones, y disponer la eliminación de las del trigo y el maíz (quedarían las de la soja, disminuidas a 33% y con un cronograma que llevaría la alícuota a 0 en 2016). Una encrucijada delicada para un oficialismo arrepentido de su pelea con el campo.
Se podría hacer un largo inventario de las debilidades de la oposición. Comenzar por el egocentrismo de sus líderes, que deriva en un llamativo menosprecio por la construcción institucional. A pesar de esas falencias, es desde el arco opositor de donde proviene la música que baila, a desgano, el Gobierno. Las dos iniciativas de las que se ufana la Presidenta en sus últimos discursos -la asignación universal por hijo y la reestructuración de los fondos provinciales- fueron mal plagiadas de proyectos de sus adversarios. Lo mismo sucede con la limitación a los superpoderes, que avanzaba anoche en Diputados. Es posible que la opinión pública esté más atenta a los anuncios que a la genética de las medidas oficiales. Pero los Kirchner son políticos profesionales. Por lo tanto, saben que vienen perdiendo una batalla secreta pero crucial: la de la idea.


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